Brasil es, en esencia, un gigante impulsado por neumáticos. Con una red vial que supera los 1,7 millones de kilómetros y una flota de casi 5 millones de camiones y autobuses, que en su mayoría dependen del diésel, el motor económico del país requiere un suministro ininterrumpido de energía para seguir funcionando.

Para los empresarios y líderes de todos los sectores, el combustible representa un factor logístico vital, pero las complejas operaciones que se llevan a cabo entre bastidores para garantizar su disponibilidad en las gasolineras a menudo pasan desapercibidas.

El primer paso para comprender plenamente este mercado es mirar más allá de nuestras fronteras. Brasil presenta una vulnerabilidad estructural: el país no produce todo el combustible que consume y necesita importar alrededor del 30% de su diésel del mercado internacional. Esto significa que el suministro nacional no se produce de forma aislada, sino que responde directamente a una compleja ecuación global.

Las tensiones geopolíticas, como los conflictos en Oriente Medio, afectan a las rutas estratégicas mundiales (como el estrecho de Ormuz, por donde transitan aproximadamente 20 millones de barriles de petróleo al día) e impactan directamente en la disponibilidad y el coste del suministro.

Además de las fluctuaciones de los precios externos, existe el importante desafío logístico que supone el tiempo. Un petrolero procedente de regiones lejanas puede tardar entre 40 y 45 días en atracar en la costa brasileña, encontrándose además con una infraestructura portuaria que suele estar sobrecargada, principalmente debido al aumento de estas importaciones, lo que requiere la movilización de hasta 350 camiones para descargar la mercancía de un solo buque.

A lo largo de este extenso viaje marítimo, los importadores se enfrentan al altísimo riesgo de fuertes fluctuaciones en el valor del dólar y del barril de petróleo. Para evitar que la economía brasileña sufra una inestabilidad de precios catastrófica, los grandes distribuidores emplean lo que se conoce como cobertura, un mecanismo de protección financiera que fija el tipo de cambio entre la moneda y el producto.

Esta herramienta actúa como un seguro invisible para el consumidor, pero resulta muy costosa para las empresas del sector, que han gastado alrededor de R$ 1.000 millones adicionales solo para cubrir estas operaciones bancarias y absorber la volatilidad del mercado externo. Toda esta operación monumental contribuye a desmitificar uno de los mayores malentendidos del debate público: la responsabilidad de los distribuidores por el precio cobrado en el surtidor.

Los cálculos, claros y transparentes, muestran que la mayor parte del costo, alrededor del 55%, corresponde al valor del producto en sí (producción, refinación e importación). Otro 17% se destina a impuestos estatales y federales, y aproximadamente el 13% cubre la mezcla obligatoria de biocombustibles estipulada por ley. La reventa representa aproximadamente el 10% del costo final. Finalmente, la etapa de distribución, responsable de mantener en funcionamiento toda la red de suministro, representa la menor parte, en promedio, entre el 5% y el 10% del valor final.

Para que la visión social de este debate sea realista, es necesario que la comprensión evolucione y considere aspectos que van más allá del precio, incluyendo la complejidad y la seguridad del suministro. En un entorno internacional altamente volátil, los distribuidores actúan como un verdadero «escudo logístico» y un amortiguador para el sistema. Al fin y al cabo, la distribución de combustible es esencial para el funcionamiento diario de toda la población.

La falta de suministro paraliza las cadenas de producción, compromete la movilidad y ejerce presión inflacionaria, con efectos inmediatos en las empresas y los consumidores. En un país de dimensiones continentales y con una alta dependencia de las carreteras, garantizar un flujo continuo de energía no es solo una operación logística: es una condición para el funcionamiento de la economía.

En este contexto, el papel de los distribuidores va mucho más allá de la percepción pública de los precios. Actúan como amortiguadores en un sistema expuesto a perturbaciones globales, manteniendo la previsibilidad necesaria para evitar interrupciones en el suministro de combustible del país.