Perú ha experimentado una contradicción en la última década, pocas veces vista en la turbulenta historia reciente de América Latina. Con la destitución del presidente interino José Jerí por mala conducta e incompetencia para el cargo, tras un rápido proceso de destitución, el país tendrá su octavo presidente en diez años, cuatro de los cuales se encuentran actualmente en prisión.
La interminable crisis política peruana, marcada por escándalos de corrupción, la polarización política entre los poderes Ejecutivo y Legislativo, y la desconfianza ciudadana hacia los políticos, no impide, sin embargo, que la economía del país siga una trayectoria de crecimiento y estabilidad envidiable para los países vecinos. El Producto Interno Bruto (PIB) del Perú creció un 3,3 % en 2025, y se proyecta un aumento adicional del 3,2 % para 2026.
A partir de 2016, cuando el país comenzó a cambiar de presidentes a un ritmo vertiginoso, el PIB mantuvo un crecimiento promedio anual del 2,2%, pese al caos político y la caída económica del 11% en 2020 debido a la pandemia.
Parte de esta contradicción se explica por el largo período de estabilidad económica que ha experimentado el país, anterior a la actual crisis política. Desde 1993, el PIB del Perú se ha multiplicado por nueve, y la economía ha registrado crecimiento en 30 de los últimos 33 años.
La estabilidad macroeconómica peruana se atribuye a tres factores, que se consolidaron con la Constitución de 1993, aprobada durante el gobierno de Alberto Fujimori , el controvertido líder de derecha que gobernó el país de manera autoritaria durante la década de 1990.
A pesar de la problemática historia de Fujimori (después de ganar las elecciones, dio un autogolpe en 1992 y gobernó en medio de acusaciones de corrupción y abusos de los derechos humanos hasta que huyó del país en 2000), la Constitución que aprobó en 1993 sentó las bases para el crecimiento económico que siguió, permitiendo una reducción de los niveles de pobreza en el país.
El Artículo 62 de la Constitución, por cierto, se considera el primer pilar de la estabilidad económica. Impide que los contratos ya firmados sean modificados por leyes posteriores, lo que reviste gran importancia para proteger a las empresas extranjeras que invierten en el país, garantizando así que las condiciones de sus operaciones no se vean alteradas.
Según algunos analistas, esto disipó los temores de expropiaciones y nacionalizaciones habituales en otros países latinoamericanos, permitiendo al país atraer grandes volúmenes de inversión.
Otro punto clave se encuentra en el artículo 79, que estipula que el Congreso no tiene facultad para crear o incrementar el gasto público, algo que venía contribuyendo decisivamente al equilibrio fiscal hasta la pandemia.
Sin embargo, la Corte Constitucional aprobó dos peligrosas flexibilizaciones del artículo en 2021 y 2022, abriendo la puerta para que el Congreso inicie el gasto, algo que antes estaba claramente prohibido.
El otro pilar de la estabilidad económica es la independencia del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP), el banco central del país, garantizada por la Constitución de 1993.
“La independencia que la Constitución de 1993 le dio al BCRP le permitió tener una gestión muy técnica y profesional, totalmente independiente del ciclo económico y político”, afirma Carolina Trivelli, investigadora del Instituto de Estudios Peruanos.
El directorio del BCRP, compuesto por siete miembros elegidos por el gobierno y el Congreso, opera con total independencia. En un raro ejemplo de continuidad institucional en el Perú, el director Julio Velarde, presidente ejecutivo del Banco Central de Reserva del Perú, ha ocupado el cargo desde 2006 y ha servido bajo gobiernos de diferentes orientaciones políticas, manteniendo un enfoque en el equilibrio fiscal, el control de la inflación y la estabilidad del sol, la moneda peruana.
La política monetaria implementada por el BCRP (Banco Central del Perú) se considera el tercer pilar de la estabilidad peruana. El comportamiento del tipo de cambio peruano se considera uno de los menos volátiles de Latinoamérica. El sol es una de las monedas menos volátiles frente al dólar y rara vez sufre devaluaciones bruscas gracias al régimen de flotación sucia, en el que el tipo de cambio fluctúa, pero con intervenciones ocasionales del banco central, un modelo similar al de Brasil.
La gestión técnica del BCRP (Banco Central del Perú) permitió al Perú cerrar 2025 con US$89.700 millones en reservas internacionales. Este colchón financiero explica por qué el país se encuentra entre los menos endeudados de la región: su deuda pública bruta es del 33,7% del PIB, muy por debajo de la de Argentina (84,65% del PIB) y Brasil (87,28% del PIB).
Una serie de incidentes embarazosos
Si bien la economía marcha bien, la política peruana nunca deja de ser una vergüenza. La rápida caída de José Jerí expuso todos los males que ha experimentado la clase política del país en los últimos años. Jerí, con tan solo 39 años, asumió el cargo de forma interina en octubre para completar el mandato restante del último gobierno electo, que finalmente fue derrocado.
El presidente Pedro Castillo , quien asumió el cargo en 2021, cayó tras un año y medio en el cargo al intentar un autogolpe al estilo Fujimori, pero fue impedido por el Congreso. Castillo fue arrestado por la policía cuando intentaba llegar a la Embajada de México y finalmente condenado a 11 años de prisión. Su vicepresidenta y sucesora, la impopular Dina Boluarte, fue destituida por los parlamentarios en medio de protestas contra la corrupción y una ola de violencia vinculada al crimen organizado.
La política de Jeri de combatir el crimen organizado, por cierto, elevó rápidamente su popularidad al 60%, pero las acusaciones de corrupción y su estilo errático de gobierno arruinaron todo.
El presidente interino enfrentó hasta siete mociones de censura impulsadas por la oposición minoritaria de izquierda y un bloque de partidos de derecha que buscan destituirlo por "mala conducta y falta de idoneidad" para ejercer el cargo.
Se le acusó de mantener reuniones no oficiales con empresarios chinos, una de las cuales desencadenó una investigación por tráfico de influencias. Manchó aún más su reputación al contratar a siete jóvenes para su gobierno, en un proceso de selección realizado en reuniones privadas nocturnas en el palacio presidencial.
Su destitución el martes 17 se produjo por mayoría simple en una moción de censura en el Congreso peruano. Hubo 75 votos a favor, 24 en contra y tres abstenciones. A diferencia del impeachment, que requiere una mayoría cualificada de 87 votos en la legislatura de 130 miembros, una moción de censura requiere una mayoría simple de 66 votos.