La economía global está entrando en una fase crucial de expansión del sector de infraestructuras. La transición hacia sistemas energéticos bajos en carbono, el rápido avance de la inteligencia artificial y los centros de datos, y la reconfiguración de las cadenas de suministro globales están impulsando uno de los ciclos de inversión en infraestructuras más importantes de la historia reciente.
Las estimaciones de instituciones públicas y privadas indican que las necesidades de inversión seguirán siendo elevadas en las próximas décadas. En este contexto, BlackRock estima que el mundo necesitará aproximadamente 85 billones de dólares estadounidenses en infraestructura durante los próximos 15 años.
Sin embargo, a medida que la atención se centra cada vez más en la movilización de capital, surge una limitación fundamental: la mano de obra. La financiación por sí sola ya no basta para implementar la infraestructura que exige la economía global.
La capacidad para ejecutar proyectos, en particular la disponibilidad de mano de obra cualificada en los sectores de la construcción, la ingeniería, la energía y la fabricación avanzada, se está convirtiendo en un importante obstáculo.
Este ciclo de infraestructura difiere significativamente de los ciclos anteriores. La inversión se concentra cada vez más en activos tecnológicamente complejos —desde sistemas de energía renovable y redes eléctricas hasta centros de datos y redes digitales— donde los plazos, la productividad y la resiliencia operativa dependen en gran medida de la calidad de la mano de obra.
En este contexto, la escasez de mano de obra cualificada no solo retrasa los proyectos, sino que también aumenta los costes, reduce la rentabilidad y limita el ritmo de ejecución de las infraestructuras.
En varios mercados latinoamericanos, se están llevando a cabo inversiones a gran escala en la generación de energía renovable y en infraestructura para centros de datos. La ejecución de estos proyectos requiere no solo financiación, sino también una fuerza laboral técnica cada vez más especializada —desde la integración de redes hasta sistemas eléctricos y mecánicos avanzados—, lo que pone de manifiesto la estrecha relación entre los resultados de la infraestructura y el desarrollo del capital humano.
Esta dinámica refuerza la importancia de considerar la inversión en infraestructura como parte de un ecosistema más amplio, y no como una clase de activo aislada. La asignación de capital debe ir acompañada de inversiones en formación profesional, educación y desarrollo de la fuerza laboral, lo que a menudo requiere la coordinación entre el sector privado, los gobiernos y las instituciones educativas.
Las regiones que logren alinear el capital financiero con el desarrollo del capital humano estarán mejor posicionadas para traducir la inversión en ganancias económicas y de productividad duraderas.
También existen implicaciones macroeconómicas más amplias. En un momento en que muchas economías se enfrentan al envejecimiento de la población y a limitaciones estructurales en el mercado laboral, la expansión de las profesiones cualificadas y las capacidades técnicas puede impulsar el crecimiento, aumentar la competitividad y fortalecer la transmisión de las grandes inversiones a resultados económicos reales.
En definitiva, la próxima fase de expansión de la infraestructura global estará definida no solo por la disponibilidad de capital, sino también por su ejecución.
Para cerrar la brecha entre la ambición financiera y la ejecución física, será necesario volver a centrarse en las personas, garantizando que la fuerza laboral necesaria para construir el futuro evolucione a la par del capital disponible para financiarlo.
Aitor Jauregui es el director de BlackRock para Latinoamérica.