La ofensiva militar lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán va mucho más allá de la contención nuclear. El objetivo principal y más difícil es provocar un cambio de régimen en Teherán, atacando directamente a la cúpula del poder iraní.
Para Ian Bremmer, presidente del Grupo Eurasia, esta es una estrategia ambiciosa con un alto grado de incertidumbre. «Destruir instalaciones es una cosa. Derrocar un régimen desde el aire es algo completamente distinto», declaró Bremmer en un vídeo (ver abajo).
La dificultad radica en que el sistema político iraní no depende únicamente de figuras individuales. Incluso con líderes muertos o incapacitados, el régimen puede reorganizarse rápidamente. «Eliminar el liderazgo no significa eliminar la estructura de poder», afirmó Bremmer.
Según el presidente de Eurasia, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, pilar central del Estado iraní, sigue siendo una fuerza capaz de mantener el control interno, administrar el país y absorber pérdidas en el mando. «El cambio de régimen es el objetivo más difícil que existe», declaró Bremmer. «Y cuando fracasa, el coste suele ser elevado».
La historia reciente demuestra que las guerras de cambio de régimen sin tropas terrestres rara vez producen resultados rápidos o estables. En el caso iraní, el desafío es aún mayor. El país cuenta con instituciones represivas arraigadas, sólidas redes de inteligencia interna y una larga trayectoria de supervivencia bajo presión externa.
“El régimen puede perder gente, pero no pierde automáticamente su capacidad de gobernar”, afirmó Bremmer. “Sin ocupación territorial, no hay garantía de colapso institucional. Al contrario: la presión externa puede reforzar la cohesión interna del aparato de seguridad y legitimar represiones más severas”.
Este es el punto más débil de la estrategia estadounidense, según Bremmer. Se apuesta a que la combinación de ataques militares, operaciones de inteligencia y acciones quirúrgicas contra líderes generará una implosión política. Pero no hay pruebas claras de que esto sea suficiente.
Si bien el cambio de régimen genera división, el ataque al programa nuclear iraní goza de un consenso más amplio. Según Bremmer, «casi nadie en el sistema internacional quiere ver a Irán con un arma nuclear».
Incluso después de conflictos anteriores, Teherán continuó ampliando su programa, obstaculizó el trabajo de los inspectores internacionales e ignoró las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Por lo tanto, la comunidad internacional considera la destrucción de instalaciones nucleares un objetivo defendible. Países europeos, así como Canadá y Australia, han expresado su apoyo a Estados Unidos en este sentido. El problema es que el enfoque exclusivo en las armas nucleares no explica la magnitud de la ofensiva actual.
Desde una perspectiva militar, Irán tiene poco margen para intensificar directamente el conflicto. Su armada es limitada, sus sistemas de radar se han deteriorado y su arsenal de misiles tiende a agotarse rápidamente. «Los iraníes tienen más capacidad para causar disrupción que para ganar una guerra», declaró Bremmer.
Las alternativas incluyen acciones indirectas: el cierre temporal del Estrecho de Ormuz, ataques de grupos aliados como los Hutíes o el sabotaje de la infraestructura energética regional.
Estas medidas podrían ejercer presión sobre el mercado petrolero, pero serían difíciles de mantener y probablemente intensificarían el conflicto. «Es una reacción impulsada más por la desesperación que por la fuerza real», afirmó Bremmer.
Otro elemento clave, según Bremmer, es el carácter esencialmente unilateral de la decisión estadounidense. A diferencia de Irak y Afganistán, no existe una amplia coalición internacional. La ofensiva fue diseñada por Washington, en coordinación con Israel, sin consultar significativamente a sus aliados europeos.
En opinión de Bremmer, la decisión reflejó un cambio en el proceso interno de Estados Unidos. Los sectores opuestos a la escalada fueron gradualmente marginados, y el presidente optó por actuar con un margen de decisión reducido. «Estados Unidos está utilizando su poder militar sin buscar legitimidad colectiva», afirmó.
Más allá de Irán, el conflicto expone un riesgo más amplio: el uso del poder militar estadounidense con fines políticos. En intervenciones anteriores, como en Venezuela, los objetivos eran más limitados. En Irán, la ambición es mayor, el terreno es más inestable y las consecuencias son impredecibles.
El resultado es un escenario de alta inestabilidad, donde la destrucción es inmediata, pero el resultado político sigue siendo incierto. Y es precisamente en esta brecha entre el poder militar y el control político donde reside el mayor riesgo de la apuesta estadounidense por Irán.