La economía china creció un 4,3% interanual en el segundo trimestre, la tasa más baja en tres décadas, excluyendo únicamente el período excepcional de restricciones por el Covid-19.

El anuncio realizado por la Oficina Nacional de Estadística indica que el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) es inferior al 5% registrado en el primer trimestre y está por debajo del objetivo oficial del 4,5% al 5% para 2026.

Las cifras refuerzan la percepción de que la segunda economía más grande del mundo está atravesando un período marcado por signos simultáneos de fragilidad y resiliencia, en un escenario donde la caída histórica del PIB coexiste con el final de un ciclo de deflación de tres años.

En la práctica, esta contradicción refuerza las dos velocidades de la economía china: las exportaciones siguen creciendo con fuerza, mientras que la demanda de bienes de consumo en el mercado interno permanece estancada, lo que confirma los desequilibrios estructurales que se han hecho más evidentes en los últimos meses.

En el plano nacional, la prolongada crisis del sector inmobiliario —con una caída del 18% en las inversiones en este segmento en comparación con el año anterior— demuestra que la economía nacional sigue estancada, incapaz de transformar los avances industriales y tecnológicos en dinamismo.

Al mismo tiempo, el sector exterior experimenta una expansión vigorosa. Las exportaciones chinas crecieron un 27 % en junio, impulsadas principalmente por el auge mundial de la inteligencia artificial. Los envíos de semiconductores al extranjero aumentaron más del 120 %, y segmentos como los vehículos eléctricos, las baterías industriales y los paneles solares continúan en alza.

La producción industrial creció un 5,3% durante el mes, impulsada por la demanda internacional de productos de alta tecnología y la expansión de la infraestructura digital en varios países. Este contraste —industria fuerte, consumo débil— es citado por los economistas como evidencia de un desequilibrio estructural cada vez mayor.

Dan Wang, directora de Eurasia Group en China, señala que el excelente desempeño exportador no se traduce en beneficios para los consumidores. "Esto queda claro al considerar que los sectores más dinámicos están altamente automatizados y requieren una gran inversión de capital, lo que genera pocos empleos y escasos ingresos para las familias", afirma.

La crisis de la vivienda, que ha agotado los ahorros y reducido la riqueza de los hogares, sigue limitando el consumo, incluso con señales ocasionales de mejora, como el ligero aumento de las ventas minoristas y el descenso de la tasa de desempleo juvenil al 15,6%.

Deflación derrotada

La situación se complica aún más con el fin del ciclo deflacionario que caracterizó los últimos tres años. El deflactor del PIB, un indicador general de las variaciones de precios en la economía, ha registrado un valor positivo por primera vez desde principios de 2023.

Sin embargo, este cambio no se debe a una sólida recuperación económica interna, sino al aumento del costo de los productos importados —especialmente el petróleo— tras el inicio de la guerra en Irán. La crisis energética elevó los precios de los insumos industriales y ayudó a China a salir de la deflación, pero no eliminó la presión deflacionaria interna, que seguía alimentada por el exceso de oferta en diversos sectores.

La variación acumulada a la baja de los precios durante los últimos tres años —el período de deflación más prolongado que ha sufrido una economía importante en décadas— da una idea de la complejidad a la que se enfrenta el gobierno chino. Desde 2023, la caída promedio de los precios ha afectado a todo, desde bienes raíces y automóviles (-27%) hasta alimentos como peras (-31%), berenjenas (-14%) y huevos (-8%).

Varios factores contribuyeron a esta situación. En el caso del sector inmobiliario, la persistente deflación de los últimos cuatro años y medio, cuando estalló una burbuja con la consiguiente quiebra de empresas constructoras e inmobiliarias, generó una crisis que afectó a la confianza del consumidor, comparable a la crisis de 2008 en Estados Unidos.

Los expertos también mencionan el llamado factor de "involución", causado por el exceso de capacidad productiva generado por el Estado y la débil demanda interna. Como resultado, las empresas chinas entraron en un ciclo de recortes de precios y márgenes de beneficio para sobrevivir, lo que provocó una reducción de salarios y empleos y, por consiguiente, una caída del consumo.

A pesar de la mejora del deflactor, la confianza de los consumidores y las empresas sigue siendo baja. La economía continúa dependiendo de estímulos externos, mientras que las tensiones comerciales se intensifican. Europa y Estados Unidos han aumentado sus críticas al dominio industrial chino, argumentando que el flujo de exportaciones perjudica a las industrias locales. En junio, el gobierno estadounidense propuso nuevos aranceles de al menos el 10% sobre los productos chinos, alegando preocupaciones sobre el trabajo forzoso.

En el ámbito interno, el gobierno chino ha adoptado una postura cautelosa. El objetivo de crecimiento para 2026, entre el 4,5 % y el 5 % del PIB —el más bajo en décadas—, indica una tolerancia oficial hacia un ritmo más lento para abordar problemas como el endeudamiento de los gobiernos locales, que han reducido el gasto para contener los elevados déficits.

Esta semana surgieron los primeros indicios de nuevos estímulos con el lanzamiento por parte del gobierno chino de su primer plan quinquenal centrado en el consumo, con el objetivo de alcanzar casi 9 billones de dólares estadounidenses en ventas minoristas anuales para 2030, una meta que los expertos consideran poco ambiciosa.

En la práctica, el escenario actual revela una China optimista: a pesar de la histórica caída del PIB y la persistente debilidad interna, el país se beneficia de un entorno externo favorable, que impulsa las exportaciones y ayuda a mitigar las presiones deflacionarias.

Pero el vaso medio vacío sigue siendo evidente. La creciente dependencia de las ventas al exterior, la crisis inmobiliaria, el débil consumo y las tensiones geopolíticas crean una situación vulnerable que pone a prueba la capacidad del gobierno para reequilibrar su economía.

La desaceleración del segundo trimestre, junto con el fin del ciclo deflacionario, marca un punto de inflexión: China debe decidir si continúa apostando por el modelo exportador o si finalmente avanza con las profundas reformas que los economistas llevan años defendiendo.