Durante los periodos de acelerada transformación tecnológica, el mercado tiende a oscilar entre dos extremos: euforia desmedida y pesimismo absoluto. El auge de la inteligencia artificial parece haber reavivado ambos simultáneamente.

Por un lado, surgen proyecciones que sugieren un futuro de abundancia prácticamente ilimitada. Por otro, proliferan las predicciones de desempleo masivo, la destrucción de los modelos de negocio establecidos y el inevitable estallido de una nueva burbuja tecnológica.

La experiencia histórica aconseja actuar con cautela ante este tipo de relatos.

Los mercados tienen un largo historial de sobreestimar los efectos a corto plazo de las grandes innovaciones y subestimar su impacto a largo plazo. Esto sucedió con la electrificación, internet y los dispositivos móviles. Todo indica que ocurrirá lo mismo con la inteligencia artificial.

El primer error común es la comparación automática entre la actual carrera por la IA y la burbuja de las puntocom de finales de la década de 1990. Si bien existen excesos evidentes en ciertos activos, hay una diferencia fundamental entre ambos períodos: la demanda que sustenta las inversiones actuales es concreta.

El auge del gasto en infraestructura informática no surge de expectativas abstractas sobre un futuro lejano, sino que responde a una necesidad inmediata y creciente de procesar, almacenar y entrenar modelos de inteligencia artificial. Los ingresos de las principales plataformas tecnológicas siguen creciendo a un ritmo impresionante, impulsados principalmente por empresas relacionadas con la computación en la nube y la IA.

Por lo tanto, no se trata de una expansión financiada con promesas vacías ni con modelos de negocio sin viabilidad económica aparente. El debate relevante no radica en si existe demanda. La hay. La cuestión central es quién podrá captar el valor económico generado por esta transformación.

Hasta ahora, los mayores beneficiarios han sido los proveedores de la infraestructura crítica necesaria para impulsar la revolución de la IA. Los fabricantes de semiconductores, componentes y equipos operan en un entorno de escasez, con un gran poder de fijación de precios y una alta rentabilidad.

Sin embargo, los principales compradores de esta infraestructura se enfrentan a una situación diferente. Empresas como Microsoft, Amazon, Google y Meta registran un sólido crecimiento de ingresos y beneficios, pero a costa de inversiones de capital sin precedentes. El mercado, al menos por ahora, ha recompensado más a los vendedores de herramientas que a los exploradores de la nueva fiebre del oro.

Sin embargo, quizás ningún debate haya acaparado tanta atención como el supuesto reemplazo masivo de trabajadores por inteligencia artificial.

La hipótesis parte de una lógica aparentemente simple: si las máquinas son capaces de realizar tareas intelectuales antes reservadas a los humanos, millones de empleos desaparecerán. El problema es que este análisis presupone una economía estática, en la que existe una cantidad fija de trabajo para distribuir.

La historia económica sugiere exactamente lo contrario.

Cuando una tecnología reduce drásticamente el costo de una actividad productiva, los efectos rara vez se limitan a la sustitución de trabajadores. Por lo general, surgen nuevos productos, nuevos mercados, nuevos servicios y, en consecuencia, nuevas demandas de capital y mano de obra.

La paradoja de Jevons ofrece un buen ejemplo. Las mejoras en la eficiencia suelen aumentar el consumo total de un recurso determinado en lugar de reducirlo. Este mismo fenómeno puede ocurrir con la inteligencia artificial. Al abaratar y facilitar el acceso a ciertas actividades, la tecnología tiende a expandir su uso y a crear oportunidades económicas que hoy ni siquiera podemos prever.

El caso del desarrollo de software es ilustrativo. Hace tan solo unos años, los programadores eran vistos como las primeras víctimas de la automatización impulsada por la IA generativa. Sin embargo, los datos más recientes indican una recuperación en la demanda de ingenieros de software, incluso ante la rápida evolución de las herramientas capaces de escribir código.

La interpretación más plausible es que estamos observando un proceso de aumento de la productividad, no de sustitución a gran escala.

Un argumento similar puede aplicarse al llamado "SaaSpocalipsis", una expresión acuñada para describir un supuesto colapso de las empresas de software tradicionales ante el auge de la IA.

Esta idea se popularizó porque parece intuitiva: si la inteligencia artificial reduce los costes de desarrollo, ¿por qué las empresas seguirían pagando por software empresarial?

La respuesta reside en la complejidad del entorno empresarial.

Los sistemas empresariales no son solo líneas de código. Implican integración, soporte, seguridad, cumplimiento normativo, capacitación y continuidad del negocio. Reemplazar por completo estas plataformas conlleva altos costos y riesgos para las grandes organizaciones.

Por lo tanto, es prematuro concluir que la IA eliminará a los líderes actuales del sector. En muchos casos, esta tecnología podría actuar como un acelerador del crecimiento, permitiendo a las empresas consolidadas incorporar nuevas capacidades a su oferta y aumentar su relevancia para los clientes.

Naturalmente, no todas las empresas saldrán victoriosas de este proceso. Algunas categorías de software se enfrentarán a una mayor presión competitiva. Ciertos modelos de servicio podrían sufrir una erosión estructural. Otros, como la ciberseguridad y las infraestructuras críticas, tienden a beneficiarse de la creciente complejidad tecnológica.

El problema es que el resultado difícilmente será binario.

La inteligencia artificial representa un cambio de paradigma económico comparable a las grandes revoluciones tecnológicas de las últimas décadas. Como toda transformación de esta magnitud, generará ganadores y perdedores, creará nuevas oportunidades y hará que ciertas actividades queden obsoletas.

Pero la realidad suele ser más compleja de lo que sugieren tanto los entusiastas como los agoreros.

La economía global no parece encaminarse hacia un escenario de desempleo masivo ni hacia la desaparición generalizada de empresas de software. Tampoco existen pruebas suficientes para afirmar que nos enfrentamos a una repetición mecánica de la burbuja de las puntocom.

Lo que estamos observando es algo más plausible —y quizás más interesante—: una profunda redistribución del valor dentro de la economía, impulsada por una tecnología cuyo impacto final aún está lejos de ser comprendido por completo.

Como suele ocurrir en las grandes transiciones, es probable que las oportunidades no las aprovechen quienes hagan las predicciones más dramáticas, sino quienes sepan distinguir el ruido de la transformación estructural.

José Medeiros es socio, jefe de la oficina de San Francisco y gestor de cartera de São Pedro Capital.