Esta semana estuve en Wimbledon por primera vez. Hay lugares que se visitan. Otros se recorren casi como un ritual. Wimbledon es uno de ellos.
El césped impecable, las interminables colas, la emoción del público. Todo allí es una mezcla de elegancia y planificación meticulosa para brindar momentos inolvidables.
Tuve el privilegio de ver a Serena Williams, a sus 44 años, regresar a la cancha central y luchar punto por punto contra una oponente de 20 años. Fue más que un partido. Fue una campeona que se enfrentaba al tiempo, a su cuerpo, a la memoria y a su propia leyenda.
Pero la escena que más me impactó se produjo en otro partido, el martes 30 de junio, también en la pista central, entre Alexander Zverev y Alexander Blockx. Por un lado, Zverev, campeón de Grand Slam y número 3 del mundo. Por el otro, Blockx, un joven belga de 21 años, todavía desconocido para gran parte del público, pero ya capaz de causar estragos en el circuito, como demostró al alcanzar las semifinales del Masters 1000 de Madrid.
Sentado muy cerca de la cancha, podía seguir la velocidad de la pelota, la precisión de los movimientos y la silenciosa violencia de cada punto. El tenis, visto desde esa distancia, deja de ser simplemente bello. Se vuelve brutal. La pelota llega antes de que uno pueda pensar. El cuerpo debe decidir mientras la mente aún intenta comprender.
Lo que más me interesó, sin embargo, no fue la técnica. Fue la reacción. Qué sucedía después de un error. Cómo se comportaba cada jugador ante un punto crítico . Qué cambiaba en sus cuerpos, su mirada, su ritmo respiratorio cuando el partido entraba en lo que la NBA llama el momento decisivo : el momento en que el juego deja de poner a prueba solo la técnica y comienza a poner a prueba a la persona en su totalidad.
El desempeño humano bajo presión es un tema que me interesa profundamente. Lo he estudiado durante años en el ámbito corporativo, conversando con directores ejecutivos, miembros de juntas directivas, emprendedores y ejecutivos en momentos de gran exposición. Aun así, presenciar esa situación tan de cerca fue una lección que ningún estudio de caso podría replicar.
Blockx jugó increíblemente bien. Por momentos, parecía a punto de tomar el control del partido. Tenía talento, audacia y un claro deseo de dejar huella en el circuito. No subió a la cancha solo para sobrevivir, sino para darse a conocer al mundo.
Zverev, sin embargo, poseía algo que, en ese contexto, parecía tan importante como su saque o su derecha : una mente entrenada para mantenerse concentrado en el juego. En los puntos decisivos, se podía observar cómo utilizaba su respiración para reorganizarse, cómo evitaba errores, cómo impedía que un mal golpe afectara al siguiente. Un punto perdido no se convertía en un drama; simplemente era un punto perdido.
En el mundo empresarial, la lógica es cada vez más similar. Las carreras, la reputación y las empresas también se transforman en momentos decisivos: una reunión con el director general, una presentación ante el consejo de administración, una negociación con un cliente importante, defender una idea que podría convertirse en un producto, una adquisición o una estrategia. A veces, años de preparación culminan en tan solo unos minutos de exposición pública.
En esos momentos, tener un currículum no basta. Conocer el tema no basta. Haber trabajado duro no basta. Necesitas estar mentalmente preparado para aportar tus conocimientos en el momento más crucial.
Este es uno de los grandes escollos de la vida ejecutiva. Creemos que la competencia técnica, la experiencia acumulada y una reputación bien forjada serán suficientes cuando llegue el momento decisivo. A menudo, no lo son. La presión exige presencia.
El futuro del alto rendimiento, tanto en el deporte como en los negocios, se centrará menos en eliminar la presión y más en aprender a convivir con ella. La fortaleza mental es la capacidad de afrontar los momentos decisivos de la vida con mayor presencia, claridad y menos ruido interno.
Aquí es donde el concepto de aptitud mental deja de ser una mera expresión interesante y se convierte en una ventaja competitiva. Del mismo modo que entrenamos nuestro cuerpo para ganar fuerza, resistencia y flexibilidad, necesitamos entrenar nuestra mente para gestionar mejor la presión, la frustración, la ambigüedad y la recuperación.
Los atletas de alto rendimiento lo entendieron hace mucho tiempo. Trabajan la visualización, la respiración, la concentración, el diálogo interno y la capacidad de volver rápidamente al presente.
Nosotros, los profesionales del mundo empresarial, seguimos tratando la mente como si fuera simplemente una consecuencia de la experiencia. Pero no lo es. El bienestar mental no se trata de pensamiento positivo, frases motivacionales ni un intento ingenuo de eliminar la presión. Se trata de desarrollar la fortaleza mental para funcionar mejor en situaciones de estrés.
Este entrenamiento comienza de forma sencilla, aunque no fácil. Antes de una reunión, negociación o presentación importante, no basta con repasar el contenido. Es necesario ensayar mentalmente el contexto: las preguntas difíciles, las interrupciones, la incomodidad, la tensión del silencio. La mente sufre menos al experimentar situaciones ya vividas.
También requiere centrarse en el proceso, no solo en el resultado. El resultado importa, por supuesto. Pero, bajo presión, pensar únicamente en él suele aumentar la ansiedad. La mejor alternativa es volver a lo que hay que hacer ahora: escuchar con atención, respirar, organizar la respuesta, elegir la siguiente frase, mantener la calma.
Y esto implica respirar. Puede parecer demasiado simple para ser estratégico, pero no lo es. Respirar de forma más regular y profunda ayuda a regular el cuerpo, reducir la impulsividad y recuperar la claridad mental. En momentos críticos, controlar la respiración puede marcar la diferencia entre reaccionar y responder.
Wimbledon me recordó que, en un mundo donde la competencia es más reñida, la presión más constante y las oportunidades más escasas, la ventaja no solo estará en manos de quienes saben más, trabajan más duro o corren más rápido. Estará en manos de quienes sepan mantener la calma cuando el partido se pone intenso.
El futuro del alto rendimiento, tanto en el deporte como en los negocios, se centrará menos en eliminar la presión y más en aprender a convivir con ella. La fortaleza mental es la capacidad de afrontar los momentos decisivos de la vida con mayor presencia, claridad y menos distracciones.
Porque todos nosotros, atletas corporativos, tenemos nuestra cancha central.
No viene acompañada de césped, jueces de línea ni gradas repletas. Se desarrolla en una sala de reuniones, en una llamada telefónica difícil, al tomar una decisión en solitario, al conversar con la junta directiva o al presentar una oportunidad que no anuncia su llegada.
Y es ahí, en esos pocos minutos, donde se revela quién se preparó para llegar allí y quién se preparó para permanecer allí.
Sergio Chaia es coach de directores ejecutivos y atletas de alto rendimiento, y presidente de Unico Skill.