Los mercados mundiales amanecieron eufóricos el lunes 15 de junio, después de que Estados Unidos e Irán anunciaran la noche anterior un acuerdo inicial para poner fin a la guerra que ha durado más de cien días y reabrir gradualmente el estrecho de Ormuz .

El acuerdo, cuya firma oficial está prevista para el viernes 19 de junio en Suiza, bastó para desatar una oleada de apetito por el riesgo que se había acumulado desde el comienzo del conflicto en febrero y que ahora se está extendiendo a las acciones, las materias primas y los bonos soberanos.

El petróleo, el barómetro más sensible de la crisis, reaccionó de inmediato. El crudo Brent cayó casi un 5%, cotizando en torno a los 83 dólares, cediendo parte de las ganancias que habían llevado al barril por encima de los 108 dólares en el punto álgido de las tensiones; sin embargo, aún por debajo de los temidos 200 dólares que los analistas habían proyectado como un escenario extremo.

La mera perspectiva de reabrir el estrecho, responsable de aproximadamente el 20% del flujo mundial de petróleo, bastó para tranquilizar al mercado, que ya comenzaba a contemplar un riesgo real de escasez.

La reacción se extendió rápidamente a los índices bursátiles. Los futuros del Nasdaq y del S&P 500 subieron un 2 % y un 1,2 %, respectivamente, antes de la apertura en Nueva York. En Europa, el Stoxx 600 recuperó las pérdidas acumuladas desde el inicio de la guerra y volvió a alcanzar un máximo histórico, mientras que el Nikkei 225 repuntó un 5 % en Tokio, alcanzando también un máximo histórico.

Este movimiento refleja una interpretación clara: si los precios del petróleo pierden presión, la inflación mundial se calma y, con ella, vuelve a cobrar relevancia la expectativa de recortes en las tasas de interés.

«Desde la perspectiva del mercado, un acuerdo es claramente positivo», declaró Mohit Kumar, economista jefe para Europa de Jefferies, al Financial Times. Esta afirmación resume el sentir general entre los inversores, quienes en las últimas semanas han estado reduciendo su exposición al riesgo ante la peligrosa combinación de un conflicto prolongado, energía cara y bancos centrales que aún se muestran cautelosos.

Pero, como siempre, la clave está en los detalles. Y, en este caso, en detalles que aún no existen. El documento final del acuerdo no se ha publicado, y las versiones presentadas por Washington y Teherán generan más preguntas que respuestas.

Trump celebró la reapertura del estrecho de Ormuz «para la remoción de minas», afirmando que el petróleo «volverá a fluir en ambas direcciones». Mientras tanto, el Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán declaró que la guerra «termina de forma permanente e inmediata en todos los frentes, incluido el Líbano». Sin embargo, los diplomáticos europeos ven con escepticismo el alcance de esta promesa.

Existen serias dudas sobre la implementación del alto el fuego. La primera es de índole logística: incluso con el acuerdo firmado, la remoción de minas, la reorganización de rutas y la normalización de los seguros marítimos podrían demorar semanas.

El segundo motivo es político: Israel, que no es parte del acuerdo, mantiene operaciones militares en zonas sensibles y ya ha dejado claro que no tiene intención de ceder. Cualquier escalada regional podría poner en peligro la tregua incluso antes de que entre en vigor.

El tercer tema, y el más delicado, tiene que ver con el programa nuclear iraní. Irán posee más de 9.000 kg de uranio enriquecido, de los cuales aproximadamente 440 kg se encuentran cerca del nivel requerido para uso militar.

El acuerdo prevé 60 días de negociaciones para determinar el destino de estas reservas, pero no existe consenso sobre lo que esto implica en la práctica. Washington habla de "eliminar" el material; Teherán insiste en que no renunciará a su derecho a enriquecer uranio con fines civiles. Este tipo de ambigüedad suele socavar los acuerdos antes de que se consoliden.

Sin embargo, para Estados Unidos, el anuncio llega en un buen momento. El gobierno temía que la continuación del conflicto presionara aún más los precios de la energía, lo que agravaría la inflación y, por consiguiente, el ánimo del electorado en un año electoral. Por lo tanto, la caída de los precios del petróleo el lunes es más que un alivio económico: es un respiro político.

Qatar y Pakistán, mediadores en el proceso, anunciaron que se celebrarán varias reuniones técnicas a lo largo de la semana para preparar la ceremonia de firma. Sin embargo, hasta entonces, el mercado seguirá operando entre medidas de alivio inmediato y cautela estructural.

La euforia de esta mañana evidencia lo que está en juego: si el acuerdo prospera, la normalización del flujo energético podría redefinir el panorama global en la segunda mitad del año. Si fracasa, la volatilidad regresará con fuerza.